Lo que mis hijos me enseñaron sobre emigrar

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Migrante que partió de Venezuela

Jamás olvidaré el llanto de mis hijos cuando le dijimos que nos veníamos a vivir a México. La vida en Venezuela era una vida feliz. Mientras estuvimos allá mi esposo y yo jugamos a La vida es bella. No porque creyéramos en lo absoluto que uno debe o siquiera puede esconderle la realidad a los hijos, sino porque queríamos resguardarla a ella y a su hermanito de problemas adultos, del miedo, la violencia, la escasez, la polarización. Sentimos que nuestra misión como padres era -y sigue siendo- resguardar su inocencia. Como padres sentimos que era fundamental para su sentido de identidad que amaran al país en que nacieron, que sintieran admiración y apego, y el miedo bloquea todos esos sentimientos.

La mudanza nos obligó a enfrentar preguntas difíciles. La más dura de todas, ¿por qué? Quizás lo más complejo es reconocer que como padres no tenemos respuestas definitivas a todo. Nos enfrentaron con una batería de preguntas a las que tuvimos que contestar con la mayor honestidad, ¿cuándo vamos a volver? ¿volveremos a vivir en esta casa? ¿mis amigos también se van a ir? A veces uno siente la tentación de inventar mentirillas para evitarles mayor decepción, pero los niños no son tontos y preferimos asumir la realidad y compartirla juntos lo más posible. A la larga, mucho de este proceso depende de las circunstancias familiares, pero también de aquello que está en tu corazón. Mi hija mayor tiene siete y el pequeño cinco.

Cada uno tiene una noción distinta del mundo y de la realidad, pero ambos deseaban quedarse en Venezuela con todo su corazón. Nos tocó elevarnos a su nivel y explicar las cosas lo mejor posible. Aceptar su llanto y enseñarlos a ellos y a nosotros mismos a buscar lo mejor de la situación, pues todo en la vida tiene un lado positivo.

Quizás lo más complejo es reconocer que como padres no tenemos respuestas definitivas a todo.

La experiencia de venirnos a vivir a otro país nos reafirmó que en la vida las cosas más duras son las que te unen a tus seres queridos. La familia está para apoyarse. Y así cuando uno está bien los otros son tu malla protectora. Para nosotros, los adultos, los que supuestamente lo entendemos, todo no fue fácil. Nos sentíamos mal a veces, pero aún así, sin que implicara esconder nuestros sentimientos, en esos primeros momentos decidimos mostrar la mejor cara posible ante el desafío de mudarnos.

Nunca les negamos la verdad de que es duro dejar el país en que naciste, pero a la misma vez, si ellos nos veían abatidos o destruidos, entonces iban a asumir que la experiencia era mala en proporciones enormes. No quiere decir que uno aparente una alegría o una felicidad artificial. No. Porque los niños no son tontos y cuando uno está fingiendo lo perciben. Es más bien una cuestión de actitud. Podemos estar tristes y demostrarlo. Podemos llorar cuantas veces queramos, pero también podemos enfrentar cada día con una actitud positiva, mirar lo bueno que tenemos.

Desde los preparativos de viaje nos dedicamos no solo a despedirnos, también a soñar con aquello que íbamos a encontrar. En este aspecto, sin caer en idealizar un país que no conocíamos, sí comenzamos a hacer un mapa de mental de cosas que podíamos controlar. Cómo va a ser tu cuarto, qué cosas ricas te gustaría probar, qué parques visitar, qué cosas aprender.

La dinámica de mudanza fue uno de los aspectos más complejos. A medida que se acercaba la fecha subía el nivel de estrés y de pronto nos tornábamos melancólicos. Ver tu casa, tu hogar, tus objetos más íntimos primero desmontados y después metidos en cajas tiene un costo emocional alto. Se siente muy raro, incierto. Por temas de logística migratoria tuvimos que dejar muchas cosas en Caracas, así que nos sentamos a hacer la maleta juntos. Qué llevamos. Qué dejamos. Algunas cosas las guardamos, otras se las dimos a gente que las necesitaba.

A veces uno se ve obligado a vender, pero la verdad es que dejarle cosas a gente que las necesita y las aprecia también nos ayudó a trabajar el desapego a lo material. En ese sentido nos enfocamos en lo que dejamos y lo que nos llevamos como seres humanos, y no solo los objetos que guardamos en las maletas. La verdad es que una mudanza uno se da cuenta la cantidad de cosas innecesarias que acumula. Quise trabajar con mis hijos el intento de una vida más sencilla, con menos cosas. Espero lograrlo. Parece mentira lo rápido que uno se vuelve a llenar de cosas superfluas.

Claro que en cuanto a la migración lo más duro de todo fue -y sigue siendo- manejar el adiós. Cómo dejas a tus abuelos, a tus tíos, a tus primos, a tus amigos. Uno como padre se impone la meta de evitarle a sus hijos el dolor a toda costa, pero cuando las circunstancias te desbordan y no hay nada que puedas hacer para cambiar la situación también te das cuenta que ellos mismos te dan una lección de resiliencia, hasta de sabiduría innata.

La diferencia no está tanto en cómo asimilan el cambio, un proceso que parece rápido, sino en que ellos, desde su mirada limpia abren su mente y se dejan nutrir por todo. No solo tratan de incorporarse a su nuevo país, sino que dejan que él penetre en ellos. Lo abrazan con ganas, sin prejuicio, con una actitud positiva.

Entonces me doy cuenta que emigrar con hijos es difícil. Es un proceso que conlleva muchas horas de estrés y una gran cantidad de sacrificio, pero es también una gran oportunidad de cambiar la forma que asumimos los cambios en la vida. Que no importa que estés triste, que una nueva realidad no anula lo que has sido, ni reemplaza el amor que tienes por tu país, tu familia, tu sentido de pertenencia o de identidad. Al contrario, lo que estás recibiendo con brazos abiertos te nutre, te complementa, y así te integras mucho más rápido y mejor. Aunque tu corazón a veces se sienta un poco roto puedes sonreír y gozar el momento.

Eso me enseñaron mis hijos al emigrar.