El difícil arte de emigrar- Historias de venezolanos en Colombia

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Compartimos reportaje de Ana María Hernández / Fernando Bonet / Txomin Las Heras /Para el Diario Tal Cual

El Centro de Atención al Migrante “Cardenal Mario Revollo Bravo” (CAMIG) es una construcción adusta incrustada en el corazón de la zona industrial de Bogotá, que en los últimos tiempos ha dado cobijo a un buen número de venezolanos que ha llegado a la ciudad sin nada más que su voluntad de empezar de nuevo.

Desde obreros hasta profesionales universitarios, todos encuentran en este albergue, un oasis en medio del desasosiego que produce llegar al terminal de autobuses Central Salitre, al occidente de la capital colombiana, y preguntarse ¿y ahora qué?

Dirigido por las Hermanas Scalabrinianas, esta iniciativa humanitaria de la Arquidiócesis de Bogotá, fue creada hace 15 años con el propósito de recibir a “personas en situación de desplazamiento por la violencia, ofreciéndoles acogida temporal –de 3 a 5 días-, así como alimentación, vestuario, atención psicosocial y orientación espiritual”. Quién iba a pensar que sería la tabla de salvación para muchos hijos de la patria de Bolívar que hoy huyen despavoridos ante la dramática situación que se vive en Venezuela.

La hermana Teresinha Monteiro es la subdirectora ejecutiva de este centro con capacidad para 30 personas, pero que en los últimos tiempos ha llegado a recibir hasta 45 inmigrantes, en vista de la creciente llegada de venezolanos. “La mayoría son profesionales y técnicos: abogados, enfermeros, administradores, maestros. Priorizamos la ayuda para familias con niños, mujeres con bebés o jóvenes en riesgo”, explica Monteiro, quien reconoce que en ocasiones pasa por alto las reglas de permanencia del lugar en vista de la dramática situación de los que arriban.

A la hermana Teresinha se le quiebra la voz cuando relata algunas de las situaciones que ha presenciado. “Una noche servimos la cena, modesta pero completa, y una familia recién llegada se tomó de las manos y empezó a llorar diciéndonos que tenían tiempo que no comían tan bien”, recuerda.

Una de las mayores dificultades que enfrentan los que llegan al país, es su inserción legal en el mercado laboral. El Estado colombiano ha abierto una puerta a los venezolanos que entraron antes del 28 de julio de este año -con pasaporte debidamente sellado-, amparándolos con el llamado Permiso Especial de Permanencia (PEP), por medio del cual podrán acceder al servicio público de empleo, la seguridad social y educación para los niños. ¿Qué pasará con los que han llegado y continúan llegando después de esa fecha? Esa es una gran incógnita.

Desde el CAMIG, la hermana Teresinha apoya en lo que más puede. “Hacemos charlas con Migración Colombia y con la Personería de Derechos Humanos para que los orienten porque la desinformación es mucha”, asegura.

Mientras tanto, la rutina en el albergue continúa. Durante el día, los que se quedan colaboran con las tareas de mantenimiento, mientras los otros salen temprano “a hacer vueltas y buscar trabajo”. El centro es manejado con mística por las hermanas –el equipo está compuesto por 18 personas además de un grupo de voluntarios- y allí se respira un aire de tranquilidad. Dispone de cocina, comedor, capilla, habitaciones, espacio de juegos para los niños y una sala de usos múltiples, donde el grupo de venezolanos que allí se encuentra recibe a Tal Cual con una sonrisa en el rostro, amplia y franca, a pesar de los pesares. He aquí el testimonio de algunos de ellos:

Los Márquez: En la lucha por legalizar nuestra situación laboral

Leonardo Márquez un buen día decidió que había llegado al límite. En diciembre de 2016 renunció a su trabajo como contratista de PDVSA en Monagas y empezó a planificar cómo salir del país. “Renuncié y empecé a trabajar por mi cuenta para poder subsistir, porque el sueldo ya no me alcanzaba para nada”, recuerda este TSU en Relaciones Industriales con más de 15 años de experiencia en la industria petrolera.

Reunidos en la pequeña sala del albergue se encuentran junto a él su esposa Sandra, sus dos hijos, su prima Eloína y dos sobrinos – María José y Gustavo. Todos adultos profesionales en búsqueda de mayores oportunidades. “Salimos buscando porvenir y futuro, porque lamentablemente en Venezuela no lo tenemos”, señala Sandra, administradora y madre de Juan Ignacio y Alicia Cristina, por quienes se arriesgó a tomar esta decisión. “Queremos formar a nuestros hijos en una sociedad de bien porque en Venezuela se han extinguido los valores”, reflexiona.

Para emprender el viaje los Márquez tuvieron que vender su posesión más preciada, su casa, mientras sacaban cuentas de hasta dónde les arropaba la cobija para poder fijar el rumbo. “Pensamos en Argentina pero era muy costoso llegar. También en Ecuador o Chile, pero por nuestras posibilidades nos decidimos por Colombia”, apunta Leonardo. Y así fue, una mañana de septiembre salieron de Maturín en un periplo que los llevó hasta Valencia, de allí a San Antonio del Táchira, hasta que finalmente cruzaron la frontera por Cúcuta con cinco maletas y muchos sueños a cuestas, para embarcarse hacia Bogotá y arribar al terminal de transporte terrestre de El Salitre.

Apenas llevan algo más de ocho días en la ciudad y ya la realidad toca sus puertas. “El bolívar no vale nada y lo que vendimos poco nos alcanza para subsistir mientras conseguimos trabajo, cosa que se nos ha hecho difícil porque no tenemos el permiso” confiesa Leonardo. A lo que Eloína agrega: “Fuimos a la Personería (oficina del Ministerio Público) y nos dicen que debemos pagar 50 dólares por un estudio y luego 252 dólares una vez que aprueben la visa temporal. Pero para ello nos piden un contrato laboral que nadie nos da porque no se arriesgan a contratar a una persona que no tenga un permiso de trabajo. Así que hay un vacío allí que no entendemos y que nos está afectando mucho”, puntualiza esta administradora especializada en recursos humanos.

Todos coinciden en lo cuesta arriba que resulta insertarse legalmente en el mercado laboral colombiano. “Fuimos a dejar unas hojas de vida en un supermercado pero no pudimos porque no tenemos el permiso de trabajo” lamenta Leonardo, mientras su esposa acota “para el que viene huyendo de la situación allá (Venezuela) es mucho dinero el que se pide, por eso estamos pensando en hacer repostería mientras tanto”.

Para María José, TSU en Publicidad y Mercadeo, esta experiencia no ha sido fácil. “Nunca nos imaginamos tener que llegar a un albergue pero estamos muy agradecidos de que nos hayan recibido“. Las razones que la llevaron a abandonar el país, junto a su esposo Gustavo, no son muy diferentes a las del resto del grupo: “No tener que comer, no poder hacer un mercado como antes”.

La historia de los Márquez en Colombia está por escribirse. Por los momentos se aferran a su decisión. “Queremos trabajar para poder enviar dinero a nuestra familia en Venezuela. Estamos luchando para legalizar nuestra situación laboral acá y poder ejercer nuestra profesión o, por lo menos, una labor donde no estemos perseguidos por nadie” comenta Eloína, no sin cierto sin sabor.

Los García Álvarez: Buscando salud

Elainy Álvarez y Luis Guillermo García, un matrimonio de Maracaibo, de 35 y 32 años, con cinco hijos, Antony, Luis Guillermo, Andrés, Elaiguí y Luigny, de 17, 14, 12, 9 y 7 años, tenían tiempo pensando en emigrar. Muchas eran las razones para hacerlo pero confiesan que la principal fue poder operar al segundo de sus hijos, quien sufre de una malformación toráxica que le oprime varios órganos, le impide respirar bien y le está comenzando a deformar la columna vertebral. La crisis sanitaria en Venezuela los tenía angustiados y su prioridad era velar por la salud de Luis Guillermo.

“Soy enfermero”, cuenta Luis Guillermo padre, “pero en Venezuela eso no me daba para mantener a mi familia. Tuve que emigrar yo solo el año pasado a Maicao, en Colombia, el 26 de julio exactamente, donde vendía agua y tinto –nuestro guayoyo-, alquilé una habitación y le enviaba dinero a mi esposa para que se pudieran alimentar”. Elainy confirma la afirmación de su pareja. “Se nos puso la cosa muy apretada, empezamos a comer una sola vez al día, las niñas aún están desnutridas y yo peso 39 kilos”.

La separación les dio muy duro, él intentó regresar en algún momento junto a su familia pero tuvo que volver a Colombia para seguir enviando las remesas. “Las cuentas no daban”, dice negando con la cabeza y apretando los labios, “es difícil ver a tus hijos decir papá no tengo qué comer. No hay padre que aguante eso. Eso nos obligó a venirnos”. Agrega Elainy que “un día mi esposo me llamó y me dijo que se estaba poniendo la cosa muy dura, que yo tenía que ir con los niños a Colombia, que habían muchos venezolanos trabajando de manera informal y que ya no podía costear los gastos en los dos países a la vez”.

A Elainy y Luis Guillermo se les murió recientemente una sexta hija recién nacida. La niña nació sana pero al poco tiempo enfermó con una bacteria que afectó a muchos otros neonatos en la Maternidad Castillo Plaza de la capital zuliana. Una razón más para desconfiar de la atención hospitalaria en Venezuela, un tema sensible para Elainy a quien le practicaron hace cuatro años una mastectomía total. Desde que llegó a tierra colombiana ha observado que bota un líquido por la mama derecha pero no ha podido ir al médico. “Apenas llevo aquí ocho días y en las cuestiones de salud aún estoy muy desorientada”.

El 20 de septiembre los García Álvarez salieron hacia Colombia. “Tuvimos que dejar a nuestro perrito, a nuestros vecinos. Apenas tuvimos tiempo de cerrar la casa. Todo era reducido, el tiempo, el dinero. Los niños llorando porque no se querían venir. El papá de ella se quedó enfermo , también sin algunos medicamentos”, recuerda Luis Guilermo.

“Como éramos siete”, cuenta Elainy , “tuvimos que pagar un vehículo para que nos llevara al terminal de los goajiros en Maracaibo. De allí salimos en otro carro hacia Maicao. El pasaje costaba 60.000 bolívares por puesto, por cinco eran 300.000 bolívares, por lo que nos tocó regatear y le dijimos al chofer si nos podía llevar por 200.000 bolívares que eran los últimos ahorros que teníamos. El señor nos brindó agua y nos dejó en Maicao. Pasamos 14 alcabalas. En todas nos revisaban, nos volteaban las maletas y algunas incluso se rompieron con tanto maltrato”.

Fuera de la ropa, llevaban como único bien un viejo y pequeño televisor que era objeto de las apetencias de los uniformados. “Nos preguntaban también”, rememora Elainy, “por la factura de compra del aparato. Les dije, señor cómo cree usted que de un televisor tan viejo voy a tener papeles. ¿Usted no ve que lo que estamos es yendo a buscar nuestro futuro en otro lado? Es más, le voy a decir la verdad, vamos a operar al niño y yo también voy en busca de salud”.

Salvar el televisor también ameritó que al llegar al cruce fronterizo de Paraguachón, la madre con sus cinco hijos pasara los controles de las autoridades venezolanas y colombianas por un lado, mientras el padre se aventuraba por las trochas aledañas cargando el preciado receptor que hoy está junto al resto de la familia en Bogotá.

Una vez en Maicao emprendieron el viaje en autobús rumbo a la capital colombiana. Llegaron un sábado al mediodía al terminal de autobuses y se quedaron todos a dormir allí, en el piso, durante dos noches. “Una funcionaria de la Alcaldía de Bogotá informó a la oficina, que el refugio donde estamos tiene en el terminal , que nosotros nos encontrábamos allí. Nos atendieron muy bien y el lunes nos trasladaron”, señala Luis Guillermo, quien también recuerda que los policías les dijeron que no se preocuparan, que allí estarían tranquilos y seguros. Y Elainy remata la intervención de su esposo diciendo que a pesar de que “todos nos enfermamos de la piel y tenemos una fuerte escabiosis, Dios siempre estuvo con nosotros. Desde que salimos de Maracaibo hasta llegar aquí han sido puras bendiciones. Estamos todos juntos”.

Elainy y Luis Guillermo parten con cierta ventaja sobre otros emigrantes venezolanos. Ella es hija de padres colombianos, de Fonseca en la Guajira, que a su vez emigraron a la entonces próspera Venezuela en los años 70 del siglo pasado. Logró sacar en el Consulado de Colombia la contraseña de su documento de identidad colombiano –equivalente al comprobante provisional en Venezuela- y ahora sólo espera que le emitan la cédula de ciudadanía para tener acceso a la atención sanitaria y la educación de sus hijos. Él tuvo la suerte de que estaba en Colombia cuando el gobierno permitió que más de 200.000 venezolanos obtuviesen el Permiso Especial de Permanencia (PEP) que por espacio de dos años les permitirá trabajar y utilizar los servicios básicos.

“Mi mamá y mi papá”, dice Elainy, “tenían rato diciéndome que el mejor lugar para venirse era Colombia, por las raíces que yo tengo aquí. En otro país tendríamos que vivir de la caridad. Venezuela está pasando por muchos problemas económicos y otros países están abriendo sus fronteras para que el venezolano entre y le brindan el apoyo. Pero eso en cualquier momento se va a acabar. Tengo una hermana que emigró a Panamá. Yo siempre decía que no me quería esconder, que quería estar en una parte donde fuera libre, donde caminara y no me estuvieran pidiendo la cédula, sino estar tranquila. Buscar trabajo y que con lo que ganásemos, así fuese poco, tuviésemos una vida digna y con salud junto a los hijos. Somos sencillos, si los niños tienen sus zapatos y sus útiles, eso es suficiente”.

Luis Guillermo siente que ha alcanzado su objetivo de llegar a una ciudad grande que le ofrezca oportunidades. “No es por ignorancia, pero comparo a Bogotá con una pequeña Nueva York porque es enorme. He caminado y preguntado y la gente me ha orientado con las direcciones. Otros me han ayudado. ¿Ya comiste? Toma 5 mil pesos. Me ha pasado eso. He buscado trabajo en empresas contratistas, en hospitales, pero también he metido papeles en construcción porque quiero trabajar en lo que salga. Estamos reiniciados. Lo que me salga le voy a echar pichón”.

Como todos los venezolanos que han tenido que salir abruptamente del país, los García Álvarez también quieren volver a Venezuela. “Pero cuando las cosas estén mejor”, acota Luis Guillermo, mientras que Elainy refiere que una de sus pequeñas le preguntó si en diciembre regresarían a su casa y ella le contestó: “ Hija, va a pasar un ratico porque nos costó mucho llegar aquí”.