Una esclava de la Mara Salvatrucha logra refugiarse en México (+ video)

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A sus 22 años, la vida de esta salvadoreña ha sido cualquier cosa, menos fácil. Violaciones desde niña, abandono familiar, empleo precario. Pero todo el ya gris panorama se oscureció el día que la Mara Salvatrucha entró en escena. Esta es la historia de una refugiada, contada con sus propias palabras.

Por: Óscar Martínez / Noviembre de 2017
Cortesía El Faro

Tengo 22 años. Llegué hace cinco meses. Ya soy refugiada en México. Salí de El Salvador el 28 de septiembre de 2016. Fui amenazada por miembros de pandillas. Las amenazas fueron por causas de que me negaba a cometer actos delictivos. Sí los cometí, pero siempre me negué. Siempre tuve consecuencias. Algunos actos fueron mover armas, recoger renta o extorsión. Como siempre me negaba, ellos recurrían a la amenaza, la violación, y a tenerme siempre intimidada con amenazas de quitarme a mi hija, de hacerle daño”.

Este sumario de los últimos meses de su vida lo hace una mujer salvadoreña el 23 de febrero de 2017, durante una entrevista en su casa en un pueblo del sur de México. Lleva ya casi cinco meses en este país. El vos cambia por el tú cuando ella habla. La entrevista la concede desde un colchón en el suelo, en un pequeño cuarto que es su casa, en una cuartería, bajo la luz de un foco titilante. Su hija, de casi cuatro años, duerme a su lado con un vestidito de revuelos, medias blancas y zapatos de charol. En el cuarto hay un espejo y un pequeño armario desvencijado. Nada más. Ella tiene poco, pero ya no tiene miedo.

“Yo tuve una relación con una persona X que vivía en zona contraria a la mía. Esta contrariedad llegó a resultar en un conflicto. Ellos empezaron a investigar. Y las redes sociales son bastante peligrosas. Hasta cierto punto esa fue la manera en que ellos lograron ubicar y empezar a armar quién era el papá de la niña, de dónde éramos. Porque había fotos iguales. ¿De dónde es? ¿Dónde está? Lo andamos buscando. A veces, una de joven se equivoca al elegir a su pareja. Casi siempre uno de joven toma malas decisiones. Yo fui una que tomé una mala decisión en el aspecto de quién era el padre de mi hija. Pero ya está ella, hay que sacarla adelante”.

El padre de la niña dormida fue un pandillero del Barrio 18 Revolucionarios. “Un peseta”, dice ella. Un pandillero retirado del Barrio 18 Revolucionarios, alguien que traicionó el credo de que la pandilla es hasta la muerte. Un apestado en un país donde las pandillas tienen presencia en los 14 departamentos. Ella era mujer de un traidor. Su hija es hija de un traidor. Y eso es una herencia que se carga en un país como El Salvador. Pero muchas cosas pasaron antes.

“Desde los siete años yo recibía acoso (de mi papá). No era penetración completa, pero me tocaba, me masturbaba, por decirlo así. Era desagradable. No me avergüenza decirlo, todo eso me ha hecho una mujer fuerte. Pasó la violación completa. Comencé a sangrar. Andaba una falda blanca y una blusa verde esmeralda, mi color favorito, con un montón de puntitos. Él apagó el switch de la casa. En ese entonces vivíamos en Residencial Altavista. Apaga el switch, llega, me toca. Se supone que es porque ese mismo día mi papá encuentra a mi mamá con otro en la cama. Mi mamá, para quitarse el cachimbazo, le dice que yo no era hija de él. Se puso ebrio, era 31 (de diciembre). Ebrio, ebrio, ebrio. Y se las desquitó conmigo. Pusimos la denuncia. Mi papá fue preso. Cuando supe que iba a salir, por mis propios medios, le robé todo el dinero que pude de la empresa (una panadería) y me fui. Me fui a vivir con mi abuela, y esa es otra historia. Mi abuela es del sistema en que si eres mujer, trabaja, no esperes que te mantenga. Empecé a llegar a la iglesia y conocí al papá de mi hija. Mi abuela vivía en la Costa del Sol. Estuve como cuatro meses. Un día llego de una vigilia, eran como las 12 de la noche. Y mi abuela se queja: vienes de estar con ese hombre. Sabes qué, vete a la… Viene el tipo y me tuvo unos días en la casa, hasta que me metí con él. Se aprovechó de mi situación. Vivimos un tiempo juntos hasta que él tomó la decisión de la pandilla. Tras vivir un tiempo en Guatemala, volvió diferente, metido en la droga. Se metía de todo. Fue el fracaso de nuestro hogar. Un 12 de diciembre de 2012, si no me equivoco, murió un tío de él, y fui a la vela. Ya estábamos separados. Él, bien drogado, se me va encima, me agarró. Qué podía hacer, yo era una bicha. Ese día quedé embarazada. No había tenido relaciones antes ni después”.

Sin marido ni familia, ella decidió aceptar un trabajo como empleada doméstica interna. Alguien que se queda a dormir toda la semana en la casa que limpia. Una trabajadora que tiene un día libre cada 15 y un horario no definido. Se vive donde se trabaja.

“La quiero mucho (a la que fue mi patrona). Tenía una hija de 16 años y un niño de 8 años. Era una casa de tres plantas. Había que lavar a mano, planchar, trapear. Hasta cuidando un gato, una tortuga y un chucho. Trabajaba todos los días. Era una vida tan ocupada. Me levantaba a las 5 a prepararles el desayuno, la lonchera, el almuerzo. Desayunaban y se llevaban su lonchera. Cuando se iban, tenía que subir con mi escoba y empezar a revisar los cuartos, ordenar sus camas, recoger la ropa sucia, a que todo estuviera en orden. Nunca estaba libre, pero me tomaba el tiempo de regar las plantas, de hacer otra cosa. Siempre estaba en el trabajo. Estudiaba los sábados. No me daban otro permiso”.

Fue en casa de esa patrona, una doctora, que ella se dio cuenta del embarazo. Tras una prueba de orina, se horrorizó al ver las dos rayitas. La doctora no la echó. Ella siguió limpiando hasta parir.

Mi hija nació el 16 de septiembre de 2013. El 15 de septiembre yo era la madrina (en los intramuros deportivos del instituto público donde estudiaba los sábados). A medio desfile me empiezan los dolores. Le llamé a mi familia en esos momentos tan bellos. Tener un hijo es hermoso y doloroso. No llegó nadie. Nació en (el Hospital Nacional de) Maternidad. Pasé 26 horas en trabajo de parto con una atención malísima. Mi hija nació a las 4:15 de la madrugada. No había doctor. Empezó a nacer en la camilla. Ahí empiezan a correr. Y que se me va la placenta. Empiezan con un código rojo. Me empieza aquello del frío de la muerte, que me moría, que me moría. Me empezaron los dolores otra vez. Me apretaban. Fue una cosa espantosa hasta que sale la placenta. Empiezan a coserme. Una cosa tan dolorosa. Recuerdo que llegó un punto en el que me tocan el clítoris y se revienta el hilo. Solo de acordarme me duele. Mi hija me desgarró. Mi hija no respiraba bien, por la mala atención. Nunca me llevaban a mi bebé, porque estaba a punto de ahogarse. Fue un parto bastante estresante. Llega el día de visita. Yo contenta con mi bebé y sus ojos chinitos. Empieza la visita y nada. Media visita y nada. Se termina la visita y nadie llegó”.

De toda la entrevista, este es el único momento en el que ella llora.

“Y yo con mi bebé. Me puse a pensar: ¿qué clase de familia tengo? ¿Sabés qué, mi amor? De aquí en adelante, vos sos mi motivo de vida, y donde sea que yo esté, vos vas a estar; y donde sea que yo esté, vos vas a estar. Solo tuve un día de dieta. Era inexperta. Nunca me cubrí la cabeza ni me puse algodoncito en los oídos ni me agarré la cadera. No tuve ningún cuidado. Comía de todo. Anantes estoy viva. El día que salí del hospital y el siguiente día descansé. El siguiente día, a barrer, trapear, cocinar, como si nada. Le tuve que echar ganas. Ahí en esa casa saqué mi bachillerato. La señora muy orgullosa de mí. Decía que tenía mejores notas que su hija”.

Fue madre a los 19 años.

“Con mis estudios, conseguí trabajo. Primero en un call center (uno que atendía en español). Me fui a vivir sola. Empecé a tener otro estilo de vida. Me vestía mejor, amigos, salidas. Del bachillerato me habían conseguido una beca en la UCA (la universidad jesuita en San Salvador). Fui a hacer el examen y lo pasé. Yo muy contenta. Alumna de honor. Decido echarle ganas con una casa propia. Lo hice. Tramité en el Fondo Social para la Vivienda. Me fue otorgada en un proceso de nueve meses. Era como muy bonito poder pintarla como yo quería y ponerle las cosas que yo quería. Cuando me entregaron las escrituras, decía mi nombre, propietaria de no sé cuántos metros. Yo lo veía y no lo podía creer. Sé que Dios existe”.

El Fondo es una institución estatal que otorga créditos de bajo interés para que personas de bajos recursos puedan adquirir una casa. Cuesta imaginar una colonia de casas del Fondo que no esté dominada por alguna pandilla.

“Es un lugar MS. Primero fue el acoso (de los pandilleros). Que mamacita, que mi amor, que vas a ser mía. Yo, muy socada, muy la importante. Con esas personas no se juega. Sonreírles es… Uno les da la mano y se agarran hasta… Yo muy seriecita, muy fresa, pero empezaron a decir: ¿por qué es así? Y empezaron a investigar. Y las redes sociales son bastante peligrosas. Hasta cierto punto, esa fue la manera en que ellos lograron ubicar y armar quién era el papá de la niña, de dónde éramos. Empiezan a quererme sacar información. Era el principio del conflicto. Ya mi imagen no era la misma, porque ya sabían quién era el padre de mi hija. Terminé involucrada. Me veían una mujer sola y vulnerable. Sabían que se podían aprovechar de mí, porque siempre he vivido sola con la niña. En mi casa había sillones, cama, wifi, no les faltaba nada a ellos. Era, como dicen, una casa destroyer hasta cierto punto, pero con muchas comodidades. Me obligaban a que yo los encubriera. La Policía se llegó a dar cuenta. Me empezaron a investigar. Llegaron a la casa. Hubo dos sucesos con la Policía que tuve inconvenientes y me sentí más amenazada. En nuestro país, la Policía y las pandillas están bastante relacionadas”.

La mudanza, la investigación de su pasado por parte de los pandilleros, el acoso policial, todo pasó en 2016, en los primeros seis meses. Para ese año, la Policía ya estaba siendo investigada por la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos por 39 casos de ejecuciones extralegales. Asesinatos que se hacían pasar por enfrentamientos con pandilleros. 2016 bien puede marcarse como el año en el que la Policía salvadoreña se pudrió, llamando la atención incluso de senadores estadounidenses y del informe de derechos humanos del Departamento de Estado de ese país.

“La Policía llegaba a golpearme y a darle vuelta a lo que hallaba. Me pasó dos veces. Ella (mi hija) estaba ahí. Por suerte, cuando había estos sucesos, ellos me mandaban a dormir a la niña. Ha sido de ese tipo de niña que ella puede estar y le digo, duérmete, y se duerme y ya no molesta. Ella no veía, no escuchaba. Algunas veces tal vez sí, pero poco. Ella no estaba muy consciente de lo que estaba pasando. La primera vez que llegaron los policías era como… Eres marera, sabes dónde están ellos. Me lastimaron, más que todo en el abdomen, y me pusieron en el cuello una cosa como de bicicleta, como de hule, y una mujer me pegaba en la frente. No lloraba, pero porque estaba en shock. La mujer me pegaba y me decía: llorá, pendeja, llorá. ¿Por qué no llorás? ¿No te duele? Le dieron vuelta a todo, a mi ropa, mi casa, mi clóset, y se fueron. Otro día llegan a las 2 de la madrugada, y lo mismo. Un policía insultándome para sacarme información. Se me pone de frente y se levanta el navarone y me muestra su labio, y tenía tatuado el 18 en el labio con números romanos. Me quedé en shock. ¿Cómo voy a denunciar si entre ellos están los pandilleros? Entré en shock. Por eso no denuncié, porque existe esa coordinación entre pandillas y Policía”.

Los pandilleros de la MS averiguaron que ella había sido novia de un retirado del Barrio 18 Revolucionarios. La peor parte de su año 2016 empezó.

“Yo ya estaba que explotaba. Prácticamente estaba privada de libertad. No podía salir a otra cosa que no fuera mover armas o recoger la renta (extorsión) a buseros y puestos alrededor del centro, como el mercado Sagrado Corazón, un lugar bastante peligroso. Una chica dentro de la pandilla se encargaba de cuidarme a la niña mientras hacía lo que tenía que hacer. Terminaba todo en acoso, violación, violencia. En el último abuso me violaron 12 hombres con exactitud. Quedé inconsciente. Fueron violaciones múltiples, no solamente fue una. Porque me negaba a cometer los actos delictivos que me mandaban. O cuando les daba la gana. Era lo peor: en mi casa, en mi cama, frente a mi hija. Ella tal vez estaba dormida y ellos abusando de mí en la esquina de la cama”.

Mientras ella habla, su hija sigue sumergida en un profundo sueño. En septiembre de 2016, encontró la oportunidad de huir junto a su niña.

“Me mandan a entregar un arma aquí por la (Universidad Francisco) Gavidia. No recuerdo qué calibre. Es como un sótano con maquinitas, un local amarillo de esquina. Normalmente están vendiendo celulares ahí afuera. Ahí era la entrega. Había descarga de zapatos que habían robado. Siempre había droga. Mi trabajo era vender el arma, recibir el dinero y llevarle el dinero a la clica. Ese día llevé a mi niña. Les dije que le iba a comprar unas cosas. Llevala, y empezaron los insultos. Quizá andaban locos, pero la pude sacar”.

En ese momento, ocurrió un operativo policial en la zona, que es muy cercana al centro de operaciones de la Subdirección de Investigaciones de la Policía.

“Empezaron a esconderse y a buscar la salida que encontraron en ese sótano. Me dijeron tú quédate aquí, di que eres la que está aquí. Agarraron a uno, al Slow, y adentro estaban los demás pandilleros, y se fueron. Yo me quedé como que fuera la encargada de las maquinitas. Cuando vi eso, que ya no había nadie, yo tenía el dinero en la cartera de lo del arma. Me dieron como $2,000. En esos días yo me escondí, me movilicé, porque tenía que sacarle pasaporte a la niña. Me dio tiempo de esconderme dos días. No tenía ropa ni nada. Mi casa quedó tirada. Todas mis cosas, mis sillones, mi refri, mi cama, mi ropero, juguetes de la niña, tablet, teléfono. Todo lo que tenía”.

Pasaron los dos días, era finales de septiembre cuando ella y su hija huyeron de El Salvador. Huyeron sin parar, sin conocer, hasta llegar a un albergue en México. La huida duró un par de días, pero ella la recuerda como si hubieran sido semanas.

“Me voy a la Terminal de Occidente. Valía como 2.50 dólares el pasaje. Fue duro para mí estar en el autobús en la parte de atrás, con las puertas abiertas, y ver alrededor que me iba. Llevaba en brazos dormida a mi niña. Se cierran las puertas y empiezo a llorar. ¿Para dónde voy? ¿Corro peligro en el camino? No estaba segura de si iba a llegar. Llegué a la frontera (con Guatemala). Había un montón de hombres: ¡el cambio, el cambio! Empecé a gritar, porque estaban alrededor mío. Ya no quería nada. Empecé a gritar. Cálmese, me dijo un chico, solo quiero saber si necesita cambio (de moneda). Llegué a la caseta de Migración con un gran miedo. Empieza a tomarme los datos. Yo sentía que era la Policía, que ya no iba a pasar. Me subo en una bicicleta. El policía nos para. Yo dije: ya no pasé. El policía revisó la partida de la niña y ve que la niña no lleva apellidos de papá. Me pide que me regrese. Me puse pálida. Ya no pasé, Dios mío, voy a regresar, me van a matar. Un policía llega y le dice al otro: si sos tonto, si no tiene apellidos de papá, y ella es la mamá, se puede ir. Me sellan, paso y llego a Guatemala. Agarro el bus. Yo no venía comiendo. Estaba nublado. Yo no llevaba ropa. Envolví a la niña con lo único que llevaba. No sabía ni cómo hablar. Me daba miedo preguntar cuánto valía algo. Pregunto por la Terminal Sur. Me sentí espantada del montón de gente. Gente por aquí, gente por aquí, gente bajando, gente subiendo. No podía meter el quetzal (la moneda guatemalteca). Iba pálida, abrazando a mi niña, con ganas de llorar. Luego tenía que caminar unas cinco cuadras. Llego a la Fuente del Norte. Compré el boleto y viajé toooooda la noche con un gran frío, buscando Santa Elena (municipio fronterizo con México). Era un viaje larguísimo, toda la noche. Mi niña sí disfrutó, venía haciendo amistades y hablando de las cachiporras. Llego a Santa Elena. Miraba solo. Llovía. Gente desconocida. Me subo, buscando rumbo a El Ceibo (frontera entre Guatemala y México). Me vine en la combi y me dejó en el desvío de la gasolinera. Me da diarrea. Me meto al baño. Paro a la combi que iba para El Ceibo. La combi iba sola, sola, sola. Solo el motorista, mi niña y yo. Me entró pánico. ¿Y si son Los Zetas? Llego a El Ceibo y mucha gente. Llega un hombre moreno, muy feo, con botas de hule. Como había estado lloviendo, el lodo me llegaba hasta aquí. Traía vestido. Paso que daba, se me iba el pie. Muy feo. Para cruzar la frontera, el hombre solo me iba guiando. Me cobró como 300 pesos. No recuerdo. Él me iba a diciendo cómo hacer. Y pasé. Llegué, veo la combi que venía hasta Tenosique. ¿Traes papeles? ¿Traes dinero? Me cobró 300 pesos (unos 17 dólares). Si te bajan, a mí no me has pagado, me dijo. Una señora me dice: muchacha, allá adelante hay un retén de los soldados. Quería llorar. Danos para el refresco, me dijeron los soldados. ¿Qué es un refresco? Les di un billete de 500 pesos (unos 27 dólares). Ahora sé que me bajaron (engañaron). Ahora me río. Yo solita me bajé. Llego a Tenosique y no había nada. Traía mi celular y encontré unos auriculares que no tenían ni tapón. Me los puse y venía en la combi sin carga ni chip ni nada.

Ya en Tenosique, ella llamó al teléfono de un amigo del pasado que vivía en el sur de México. Él le dijo que esperara, la recogió, la llevó hasta donde ella está ahora. Le dio posada. Ella, con la ayuda de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, presentó su caso a las autoridades mexicanas. Esas autoridades creyeron su caso. Ahora vende fruta pelada en este pueblo. Su hija bailará la otra semana como cachiporrista de su escuela en un domingo familiar.

“Ahora soy refugiada y me siento contenta. Me siento con libertad de poder caminar. Ya no le voy a dar 500 pesos a nadie”.

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